Ladrones del tiempo con guante blanco

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Si supiéramos que alguien entra cada mañana en nuestra casa y nos roba poco a poco (o mucho a mucho) parte de nuestras pertenencias más apreciadas, probablemente, pondríamos todas la medidas de seguridad a nuestro alcance. Sin embargo, nuestro día a día se ha convertido en un campo abierto para los ladrones del tiempo: mails, avisos de móvil, redes sociales, interrupciones siempre dotadas de un carácter de urgencia, mensajes instantáneos,…En un tiempo récord, hemos pasado de estar centrados en una tarea a la exigencia de la multitarea como si la concentración fuese la misma…porque, por supuesto, cada vez está más en boga la importancia de tener (hacer) trabajadores rápidos, que se adapten a los cambios y vayan por delante…Y todo eso está muy bien, pero no olvidemos que nuestro cerebro -tal cual lo hemos educado y sin poner en duda que su plasticidad permitirá que sea completamente diferente en las generaciones digitales- necesita tiempo para concentrarse en las tareas importantes y enfrentarse cada jornada a los numerosos distractores, no hace más que bajar el rendimiento y provocar un mayor agotamiento, falta de motivación, ansiedad y pérdida de confianza en las gestiones realizadas, entre otras consecuencias.
Poner tope a este tipo de dinámicas en las que se ha entrado tan fácilmente, a veces, supone llevar a cabo sencillos cambios o retomar hábitos que nos servían antes: planificar las tareas destacando las urgentes e importantes, las importantes y las secundarias, dejar el móvil en silencio y contestar a las llamadas hayamos terminado con aquello que es prioritario, comprobar el correo electrónico en momentos concretos del día, respetar los tiempos de descanso, determinar cuándo, cómo y qué uso hacemos de las redes sociales,…son simples modificaciones que nos pueden conducir a mejorar nuestra productividad y satisfacción. Hacer un trabajo rápido, sí, no ha de ser equivalente a hacer un trabajo superficial.
A este respecto, y casi parece inocente su percepción un siglo atrás, Mahler hacía alusión a una reflexión de Schopenhauer en El mundo como voluntad de poder: “¡Cuántos pensamientos geniales se han destruido por el chasquido de un látigo!”…y ¿qué hubiese sido del mundo sin su Quinta Sinfonía?

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A propósito de mi mayoría de edad…profesional

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El azar quiso que un hoy de hace 18 años fuera el inicio de mi carrera profesional como psicóloga. Entonces, con más juventud que experiencia -como en cualquier principio desde el principio de los tiempos-…ahora, con más experiencia que juventud…Entonces, con un ¡adelante! ciego e intrépido  -y absolutamente necesario para iniciar cualquier recorrido desconocido-…ahora, con un ¡adelante! reflexivo fruto de muchas, muchas otras vidas acompañadas…Sin embargo, a pesar de sumar años y años, sigo aprendiendo de cada una de las personas que han depositado y depositan su confianza en mi trabajo y aún, siempre aún, me sigue emocionando recibir las gracias de quien logra dejar atrás el dolor y el sufrimiento y lo transforma en experiencia para seguir con otra visión más enriquecida…a veces, disimulo la emoción contenida y otras mi voz se sigue quebrando…No me acostumbro a ese mágico momento ni me quiero acostumbrar…De modo simbólico, aprovecho la ocasión de esta puesta de largo para ser yo quien agradezca a todos y todas mis pacientes por haber hecho posible el desarrollo de mi profesión y empujarme cada día a seguir diciendo ¿y por qué no?…Simplemente, ¡GRACIAS!

A Tony, paciente amigo y amigo paciente…siempre presente su sonrisa y su apoyo incondicional que tanto me hicieron crecer.

A Dináh, hacedora de puentes sutiles y no tan sutiles en este recorrido.

También a quien confió en mí desde el principio dándome una oportunidad y se convirtió en mi maestro.

Yo nunca seré de piedra

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Cuando nos damos la posibilidad de aprender y disfrutar de nuestras emociones, cualquiera de ellas nos puede servir para avanzar y encontrar nuevas formas de afrontar nuestra realidad…También aquellas que duelen tienen su lugar, a veces simplemente para saber dónde no queremos estar e incluso, en ocasiones, para recordarnos que estamos vivos.

“Yo nunca seré de piedra.
Lloraré cuando haga falta.
Lloraré cuando haga falta.
Lloraré cuando haga falta.

De piedra, los que no gritan.
De piedra, los que no ríen.
De piedra, los que no cantan.

Yo nunca seré de piedra.
Gritaré cuando haga falta.
Reiré cuando haga falta.
Cantaré cuando haga falta.”

Rafael Alberti.

(Texto del poeta y foto tomados de la deliciosa página Donde viven los cuentos encargados de difundir siempre belleza).