Ladrones del tiempo con guante blanco

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Si supiéramos que alguien entra cada mañana en nuestra casa y nos roba poco a poco (o mucho a mucho) parte de nuestras pertenencias más apreciadas, probablemente, pondríamos todas la medidas de seguridad a nuestro alcance. Sin embargo, nuestro día a día se ha convertido en un campo abierto para los ladrones del tiempo: mails, avisos de móvil, redes sociales, interrupciones siempre dotadas de un carácter de urgencia, mensajes instantáneos,…En un tiempo récord, hemos pasado de estar centrados en una tarea a la exigencia de la multitarea como si la concentración fuese la misma…porque, por supuesto, cada vez está más en boga la importancia de tener (hacer) trabajadores rápidos, que se adapten a los cambios y vayan por delante…Y todo eso está muy bien, pero no olvidemos que nuestro cerebro -tal cual lo hemos educado y sin poner en duda que su plasticidad permitirá que sea completamente diferente en las generaciones digitales- necesita tiempo para concentrarse en las tareas importantes y enfrentarse cada jornada a los numerosos distractores, no hace más que bajar el rendimiento y provocar un mayor agotamiento, falta de motivación, ansiedad y pérdida de confianza en las gestiones realizadas, entre otras consecuencias.
Poner tope a este tipo de dinámicas en las que se ha entrado tan fácilmente, a veces, supone llevar a cabo sencillos cambios o retomar hábitos que nos servían antes: planificar las tareas destacando las urgentes e importantes, las importantes y las secundarias, dejar el móvil en silencio y contestar a las llamadas hayamos terminado con aquello que es prioritario, comprobar el correo electrónico en momentos concretos del día, respetar los tiempos de descanso, determinar cuándo, cómo y qué uso hacemos de las redes sociales,…son simples modificaciones que nos pueden conducir a mejorar nuestra productividad y satisfacción. Hacer un trabajo rápido, sí, no ha de ser equivalente a hacer un trabajo superficial.
A este respecto, y casi parece inocente su percepción un siglo atrás, Mahler hacía alusión a una reflexión de Schopenhauer en El mundo como voluntad de poder: “¡Cuántos pensamientos geniales se han destruido por el chasquido de un látigo!”…y ¿qué hubiese sido del mundo sin su Quinta Sinfonía?

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