Cuando los complejos se hacen complejos

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¿En qué momento comienza a formarse la espiral de lo que conocemos como “complejos”? Casi todo el mundo, en algún periodo de su vida, ha podido llegar a sentirse acomplejado por aspectos físicos o de su personalidad y el inicio suele ser tan sutil (y dañino) como una simple comparación. Y es con esas comparaciones como se comienza a alimentar esa percepción negativa de uno mismo, al situar en los otros la atención sobre aquellos aspectos positivos que no encontramos en nosotros, acompañados de una considerable dosis de autocrítica negativa. Además, esa atención es completamente selectiva, focalizándose en esos matices cercanos a la perfección en los demás y dejando de lado el análisis de otros aspectos más humanos que esa misma persona puede tener. Al mismo tiempo, esa atención se vuelve también selectiva con uno mismo y se concentra en aquello que no nos gusta, sin atender a lo que hay de positivo en nuestro físico o personalidad ni en cómo se puede cambiar lo que no nos agrada: sólo crítica y en sobredosis.

De este modo, ya tenemos configurado un complejo. Pero ¿cómo podemos hacer para desmontarlo? Como en otras tantas cosas, en el veneno podemos encontrar la medicina:

–          para empezar, dejando de establecer puentes de comparación entre los demás y nosotros: cada persona tiene un valor por sí misma y se trata de valorar a los otros, así como aprender de ellos, sin establecer esa comparación con nosotros mismos;

–          valorando aquello positivo que tenemos, de modo que vaya ganando más terreno y nos haga potenciar esos aspectos;

–       utilizando crítica constructiva también con nosotros mismos, con el fin de cambiar aquello que podemos mejorar, siempre dándonos las pautas a seguir para facilitar los cambios y reforzando lo que vayamos consiguiendo.

Es importante educar (y educarnos a lo largo de nuestra vida) desde el refuerzo de lo que cada persona tiene de positivo, respetando las diferencias y afianzando la seguridad en un@ mism@.