Indefensión aprendida: una falsa pasividad.

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Si hay algo que se pueda agradecer a este periodo de crisis es, sin duda, el modo en que nos ha despertado la creatividad, saliendo de esos espacios que llaman de confort (a veces, demasiadas veces, invitados a salir) para re-inventar nuevos modos de afrontar la existencia. Sin embargo, cuando, frente a esos intentos ingeniosos por hacer frente a la realidad, la respuesta/apoyo/resultado van siendo negativos una y otra vez, nos encontramos con un problema que genera una fuerte percepción de incapacidad en la persona como es la indefensión aprendida: la percepción de falta de control de la propia vida, asumiendo –con el peligro que supone asumir, sin despertar el sentido crítico- que haga lo que se haga, nada va a cambiar y tomando como referencia las experiencias vividas que van generando un aprendizaje negativo. A partir de ahí, el efecto dominó está servido, ya que en la medida en que se pone el lugar de control de la propia vida en las circunstancias ajenas a un@ mism@, cada vez se va perdiendo más y más la seguridad en que depende de la persona que se puedan cambiar las cosas, enmascarándose estados de depresión y bloqueos bajo la apariencia de pasividad.

Frente a esa percepción, es importante recuperar la confianza en que podemos intervenir sobre nuestra propia vida: revisando las acciones para corregir posibles puntos frágiles que impidieron el éxito, intentando de nuevo, atendiendo cuáles son las demandas/necesidades del entorno, reciclando actividad y conocimientos,…y siempre, siempre teniendo bien presente que nuestra actitud nos llevará a un resultado u otro, a pesar de los impedimentos…¡Adelante!

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¿Cuánto debemos a nuestros mayores?

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Hace algunas semanas, tras terminar una visita guiada para un grupo de mayores al Museo Carmen Thyssen, una señora se acercó emocionada para agradecerme ¡lo bien que les había tratado!…Ese comentario, lejos de alimentar mi ego, me llamó profundamente la atención porque no nos equivoquemos: si alguien nos agradece lo que debería ser más que normal, es que hay algo que no marcha…

¿Acaso se ha convertido en extra-ordinaria la amabilidad? ¿O es que empieza a ser menos frecuente de lo esperado cuando se trata de personas con edad avanzada? Para el primer caso, tenemos toda una vida para entrenarnos y aprender asertividad (para quien no haya visto nuestros cursos, ahí queda)…Para el segundo, nos queda la reflexión sobre cómo miramos a nuestros mayores…¿o es que todo lo que somos ha dependido sólo de nosotros mismos y de “nuestra capacidad”? Esa visión reduccionista nos cierra puertas a aquello que nos pueden seguir aportando quienes ya tienen una experiencia de vida… y nos queda tanto por aprender de ellos y ellas…

Para los/as que siguen transmitiendo ilusión y ganas de conocer y también para esa mujer octogenaria ya que me enseñó a vivir.