Halago a todas esas personas creídas…

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Nunca antes me había parado a pensar en esa frase tan corriente entre adolescentes (y no tan adolescentes) que contaba: “esa persona es una creída” y, de ese modo, se descalificaba aquello por lo cual ese alguien se sentía a gusto con algún aspecto de su físico o de su forma de ser…Años después de ese mensaje, tan familiar que no llegaba a reflexionar sobre su significado, lo vuelvo a escuchar y, sin embargo, lejos de provocarme ese rechazo de antaño, me veo defendiendo y animando a esa persona creída. Porque ser creíd@ no implica ponerse por encima de los demás, ni sentirse superior, ni rechazar la autocrítica,…ser creíd@ significa creer en uno mismo o, lo que es lo mismo, tener una buena autoestima.

Estamos demasiado acostumbrados a pedir disculpas con un “está mal que yo lo diga” antes de contar a los demás algo positivo de nosotros  y ¿por qué está mal? Lo que está mal es sentirse a disgusto con uno mismo, dejar de valorar todo lo que se puede aportar, sentirse inferior, anularse,…todo eso es lo que está realmente mal y no es habitual que alguien llegue pidiendo disculpas antes de darse todo ese baño de mensajes nocivos…No, no está mal que yo lo diga, está muy bien que sea uno mismo quien lo diga y que, además, lo cuente con convicción, es decir, creyendo en sí mismo…Así que espero que cada día haya más personas creídas de sí mismas y que se lo digan para reforzar todo eso positivo que pueden ofrecer a los demás.

Mientras tanto, vamos poniendo granitos de arena para mejorar la autopercepción con nuestros talleres Dosis de Autoestima donde encontrarás claves para sentirte bien contigo y potenciar lo mejor de ti..¿Te apuntas a ser una estupenda persona creída?

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Cuando los complejos se hacen complejos

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¿En qué momento comienza a formarse la espiral de lo que conocemos como “complejos”? Casi todo el mundo, en algún periodo de su vida, ha podido llegar a sentirse acomplejado por aspectos físicos o de su personalidad y el inicio suele ser tan sutil (y dañino) como una simple comparación. Y es con esas comparaciones como se comienza a alimentar esa percepción negativa de uno mismo, al situar en los otros la atención sobre aquellos aspectos positivos que no encontramos en nosotros, acompañados de una considerable dosis de autocrítica negativa. Además, esa atención es completamente selectiva, focalizándose en esos matices cercanos a la perfección en los demás y dejando de lado el análisis de otros aspectos más humanos que esa misma persona puede tener. Al mismo tiempo, esa atención se vuelve también selectiva con uno mismo y se concentra en aquello que no nos gusta, sin atender a lo que hay de positivo en nuestro físico o personalidad ni en cómo se puede cambiar lo que no nos agrada: sólo crítica y en sobredosis.

De este modo, ya tenemos configurado un complejo. Pero ¿cómo podemos hacer para desmontarlo? Como en otras tantas cosas, en el veneno podemos encontrar la medicina:

–          para empezar, dejando de establecer puentes de comparación entre los demás y nosotros: cada persona tiene un valor por sí misma y se trata de valorar a los otros, así como aprender de ellos, sin establecer esa comparación con nosotros mismos;

–          valorando aquello positivo que tenemos, de modo que vaya ganando más terreno y nos haga potenciar esos aspectos;

–       utilizando crítica constructiva también con nosotros mismos, con el fin de cambiar aquello que podemos mejorar, siempre dándonos las pautas a seguir para facilitar los cambios y reforzando lo que vayamos consiguiendo.

Es importante educar (y educarnos a lo largo de nuestra vida) desde el refuerzo de lo que cada persona tiene de positivo, respetando las diferencias y afianzando la seguridad en un@ mism@.